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The Guest: Ejercicio de estilo al servicio de la diversión

Por: Alexander Bukarov

Muy tocada debe andar la industria del cine, o peor el cine como disciplina artística, cuando lo esencial, lo correcto, lo obvio, se convierte en elogiable. Un plano bien compuesto, un guión sólido, un uso comedido de los efectos digitales, actores capaces de enunciar frases con solvencia, por enumerar algunos requisitos fundamentales en cualquier film que aspire a ser tal, se han convertido en elementos esquivos en las pantallas de cine.

Uno no puede sino maravillarse de que en la vorágine de precuelas, secuelas, reboots, spin-offs, remakes, sagas juveniles, sadomasoquismo de salón y tópicos provincianos, consigan colarse de vez en cuando y contra todo pronóstico proyectos novedosos, arriesgados o sencillamente honestos.

Para encontrar alguna de estas Películas con mayúsculas uno debe internarse, salvo honrosas excepciones (Mad Max: Fury Road), en el territorio pretenciosamente calificado como Indie; convertido en tiempos recientes en una reserva natural del cine con pedigrí, de las películas con alma que aspiran tanto a entretener como a consumar las aspiraciones artísticas de todos los involucrados en su concepción, materialización y disfrute. Sirvan de ejemplo las recientes Whiplash, Under the skin, A girl walks home alone…

Por recomendación de un amigo me atreví con The Guest, película que admito había eludido mi radar siempre ávido de novedades, y la experiencia fue tan satisfactoria que ha dado pie a este primer artículo del año, en el que advierto los elogios se impondrán por goleada a las invectivas agraces.

La trama a trazos gruesos; un exmilitar enigmático, David, se presenta en la residencia de la familia de su compañero de escuadrón fallecido en acto de servicio. La familia de su compañero le acoge hospitalariamente y David se involucra poco a poco en la cotidianidad de sus vidas, ganando su afecto y confianza hasta que Anna, la hija de la familia, escucha por casualidad una conversación telefónica que le hace sospechar que David no es exactamente quién dice ser.

The Guest no es una película perfecta o una obra maestra, pero no le hace falta para ser con mucho, una de las películas más redondas que haya visto últimamente, y por la sencilla razón de que, lo que debe hacer bien, lo hace con éxito. Y esta circunstancia la convierte en un fenómeno singular, porque The Guest no tropieza en los lugares comunes que minan cualquier estreno reciente, y porque es sencillamente divertida al tiempo que visualmente impecable.

La representación gráfica de la violencia es uno de esos lugares comunes que The Guest elude con naturalidad, no es caricaturesca ni mucho menos irreal. Aplicando el axioma “marianista”, en este film un puñetazo es un puñetazo y una luxación una luxación, y las balaceras incapacitan definitivamente a las malogradas victimas para el prosaico ejercicio de respirar. La violencia fílmica recupera su significado básico, es implacable, brutal, y sirve para revelar, sin recurrir a la retórica, la verdadera naturaleza de David.

El único personaje aparentemente indemne al uso de la fuerza es el propio David. Y esta paradoja es en realidad un requisito esencial de toda película de acción que se precie. Si el antagonista no representa una fuerza irresistible, el triunfo del héroe de turno carece de mérito alguno, si la amenaza no parece tangible, el espectador no se mostrará interesado en la odisea de los protagonistas. Tiburón, Terminator, Alien, son villanos paradigmáticos que simbolizan perfectamente ese carácter omnipotente del antagonista perfecto.

En el plano puramente visual el director echa mano de planos diáfanos y contenidos que replican la atmosfera de adrenalina reprimida que impregna toda la cinta, y resuelve con maestría la transición a los momentos de acción desplazándose al compás de un ritmo propio y fluido. Más aún, lo consigue sin recurrir a los balanceos y mareantes movimientos de cámara de los que tanto se abusa para transmitir una falsa sensación de acción. Tampoco es un tema menor el que siendo una película de acción en pleno siglo XXI el uso de CGI brille por su ausencia y nos recuerde lo estupendamente bien que siguen luciendo en pantalla las explosiones reales y la sangre impostada. Estéticamente se permite algún que otro homenaje; situar el climax en una fiesta de Halloween y jugar con el hielo seco y el laberinto de espejos, (que por cierto recuerda inevitablemente a Operación Dragón) y hacer pequeños guiños tanto al western (la figura del cowboy solitario que perturba la vida de una pequeña comunidad, la escena del revolver en un ambiente desértico) como al género slasher (recurrir al cuchillo de cocina, y finalmente la máscara).

No puedo cerrar esta reseña sin referirme a los dos personajes principales David y Anna. A mi entender para que un personaje funcione a la perfección en una historia, da igual que sea un relato, novela, película, no es necesario que sea profundo, trascendental, o inolvidable, sino que debe cumplir con su función en la lógica interna de la trama. En este sentido, desde que vemos por primera vez el rostro de David asomando detrás de la puerta nos percatamos de que es alguien enigmático y desconcertante. El trastorno latente en David se enfatiza en escenas  en las que el espectador se convierte en el único testigo. La imposibilidad de transmitir esta información clave a los protagonistas desemboca en una tensión que sólo se resuelve al finalizar la película, sin embargo  para que este recurso dramático funcione como debe es necesario que los personajes, y en concreto el personaje principal, nos importen, y en este propósito Anna cumple con creces.

La reivindicación de los personajes femeninos en roles protagonistas va adquiriendo progresivamente la naturaleza de certeza, tanto en la televisión como en el cine (Jessica jones, Alicia Florrick, la propia Imperator Furiosa). Conociendo la proverbial desidia creativa de la industria existía el riesgo de que en el proceso de dotar de mayor protagonismo a los personajes femeninos se desnaturalizara a la mujer, atribuyéndole mutatis mutandis los atributos propios del héroe masculino, pretendiendo hacer pasar por revolucionario un mero lavado de cara y confiando que el ardid tuviera efecto.

Afortunadamente todo indica que, en este particular, los guionistas están mostrando más empeño que en otras facetas creativas y existe la determinación ya sin ambages de dotar a los personajes femeninos de voz y fortaleza propias. Anna es una buena muestra de lo dicho al presentarse como inteligente, resuelta, a pesar de encontrarse inmersa en los turbulentos años que separan la adolescencia de la madurez, y por encima de todo segura de sí misma y de sus convicciones, incluso cuando todos descartan sus conclusiones por fantasiosas. Y qué decir de Maika Monroe, archiconocida ya por su papel en It follows, que puede convertirse en la encarnación de todos los matices que ambicionaba personificar Kristen Stewart, pero con talento.

Si hubiera que destacar algún defecto en The Guest sería la precipitación al exponer la información relativa al pasado de David. Lo datos que conocemos sobre él son fragmentarios y confusos, y el diálogo bordea en algún momento la serie B al dejar caer en pocas frases las palabras experimento, mercenarios, fuerzas especiales, y demás clichés genéricos. Sin embargo, sea esto intencional o accidental, la incertidumbre es preferible a la sobreexposición, más aún en un thriller que se apoya constantemente en la naturaleza imprevisible del antagonista. Incidir en exceso en las causas de su comportamiento puede llevar al personaje a la banalización y el melodrama; a los efectos de la película nos basta con saber que David letal cuando se lo propone.

Y un asunto que he dejado en el tintero intencionadamente, puesto que no se le puede hacer justicia con palabras es la banda sonora. Más allá de gustos personales, la discordancia entre los paisajes de Nuevo México y ese sonido urbano y decadente era una apuesta arriesgada, que sin el refuerzo visual de coches deportivos, chaquetas satinadas y la presencia de Ryan Gosling podría haber salido estrepitosamente mal, pero cosas del cine la música se convierte en la perla que corona esta pequeña joya, artesanía fílmica de primera categoría.

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